Aquel día había sido bastante extraño, trabajar hasta las siete de la tarde pasando carnes, pescados dulces, cavas y botellas de destilados para fiestas donde era obligado divertirse y estar feliz.
Era lo que había y él lo sabía, no le quedaba otra que tragar por trabajos forzosos donde pagaban mal y se trabajaba peor.
Pero no se quejaba, en peores plazas había toreado. Tenía el extraño don de saber conformarse y adaptarse, como el camaleón que impasible cambia de color sin preguntarse que pensara la camaleona cuando lo vea con esas pintas. Instinto de supervivencia.
Aquel tipo daba envidia a muchos, era feliz con lo que tenía. A lo mejor también me da envidia a mi.
lunes 9 de noviembre de 2009
Noches más duras han de venir.
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